El día que odié a los franceses: crónica de cómo llegué a Hamburgo

De viaje por el Mundo
16 Mayo, 2016 / By / Etiquetas: , / Post a Comment

Bogotá – Madrid fue la ruta más barato que conseguí para llegar a Europa. Sabía que lo importante era arribar a España, que desde ahí encontraría transporte barato para pisar terreno Berlinés y después (mucho después) volar a Estambul. Con lo que no contaba era con los controladores aéreos franceses.

El plan estaba funcionando a la perfección: aterricé a las 6 de la mañana, pasé el control de migración sin ningún problema, comprobé que no se hubiera perdido mi equipaje (una de mis peores pesadillas), encontré un lugar dónde dejar la maleta y llegué al Santiago Bernabéu una hora antes de que se abrieran las puertas para el tour (que, por cierto, es tema de otro post).

Al salir, dediqué media hora a buscar comida barata. Entré a un supermercado, compré una botella de agua y un croissant por menos de dos euros y me ilusioné con la idea de comer barato en los días que estaría en Europa. Luego, temeroso de que el tiempo no me alcanzara y perdiera el vuelo, tomé el metro y llegué al Terminal 1 del aeropuerto de Barajas. Hice check in, envié mi equipaje por bodega y creí que en pocas horas estaría en territorio alemán. Pero, claro, me equivoqué.

Cuando escuché en los parlantes que debido a una huelga en Francia algunos vuelos estaban teniendo retrasos, no me preocupé. “¡Qué bueno que voy a Hamburgo y no a París!” pensé al ver la larga fila de pasajeros que habían sufrido cancelaciones. Pero, al pasar una hora y aún no haber abordado, tuve el presentimiento de que algo no andaba bien …

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Vuelos cancelados

Sin embargo, al abrir las puertas del avión y dejar que buscáramos nuestro asiento (ese en el que las piernas no tienen espacio y parece estar diseñado para niños) mi profecía trágica pareció no cumplirse. Habló el capitán y prometió que en pocos minutos despegaríamos. Pero el tiempo pasó y no lo hicimos: lo franceses aún no permitían que se volara por su espacio aéreo. Esperar era lo único que se podía hacer y, de hecho, eso fue lo hicimos por media hora más.

Y entonces, justo cuando pensaba que nunca dejaríamos Madrid, pasó uno de los momentos aéreos más extraños de mi vida: las azafatas iniciaron su rutina de seguridad y anunciaron el despegue, pero diez segundo después el capitán informó que aunque lo controladores ya habían dado su autorización, la aerolínea había decidido cancelar el vuelo.

Descendimos del avión y nos unimos a la larga fila de damnificados que había visto antes. Pasó el tiempo y los rumores empezaron a circular: que sólo nos devolverían el dinero, que nos enviarían en otro vuelo tres días después, que el próximo avión saldría a las cuatro de la mañana y sería en ese en el que volaríamos. Al parecer, crear hipótesis era la forma que habíamos encontrado para hacer la espera mas entretenida.

Después de un rato (bueno, en realidad unas cuantas horas), pequeños grupos se formaron. Los restaurantes cerraron sus puertas y las sillas y mesas que quedaron por fuera de las rejas se unieron a la cola que parecía ser eterna. Algunos empezaron a jugar cartas, otros se acostaron en el suelo y unos más sirvieron de mensajeros de nuevas noticias: iban hasta la ventanilla, averiguaban si había alguna novedad y luego regresaban para informarla.

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El nuevo tiquete

Mi grupo fue el de un venezolano con novia italiana, una alemana con novio madrileño y un valenciano que durante un tiempo estudió en Cuba. Todos teníamos algo en común: aunque quisiéramos quedarnos en Madrid (incluso si la aerolínea pagaba el hotel por tres o cuatro días), teníamos que llegar a Hamburgo tan pronto como fuera posible.

¿Y si alquilamos un carro entre todos y nos vamos manejando? Propuso uno de ellos. En términos de aventura no sonaba mal. Atravesaría España, Francia y Alemania, con una personas a las que acababa de conocer, de diferentes nacionalidades e idiomas, en un road trip que sin duda sería inolvidable. Pero la idea fue rechazada por amplia mayoría. Algo lamentable.

Poco después de media noche (7 horas después de la hora en la que estaba programado el vuelo) una funcionaria de Ryanair empezó a llamar a lista, repartir pequeños papelitos y dar a conocer la solución que había encontrado la aerolínea: el día siguiente no enviarán en un vuelo a Berlín y de ahí iríamos en bus hasta Hamburgo. Ahora era tiempo de dormir, después de casi 24 horas de no hacerlo.

La mañana siguiente fue triste. En las noticias, los medios españoles anunciaban que una serie de explosiones habían ocurrido en Bruselas. Una de esas bombas explotó en el aeropuerto y el número de muertos y heridos era alto. La sombra del terrorismo cubría una vez más el continente europeo. Admito que me preocupé un poco, aunque sabía que las posibilidades de que algo así ocurriera en Madrid o en Berlín (justo cuando yo estuviera en el aeropuerto) eran bajas. Sin embargo, no dejé de pensar en aquellas personas que simplemente estaban esperando un avión y en su lugar encontraron la tragedia.

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En un bus parecido a este viajamos

El vuelo entre Madrid y Berlín no tuvo ningún inconveniente. A tiempo llegamos a la capital alemana y en cuestión de minutos abordamos el bus que nos llevaría a Hamburgo. Según la pantalla que mostraba en tiempo real dónde estábamos y cuánto tardaríamos, en poco más de tres horas arribaríamos al próximo aeropuerto. Sí, al aeropuerto de la ciudad y no a su estación principal, porque Ryanair se tomó muy en serio aquello de llevarnos al destino al que se había comprometido hacerlo al vender el tiquete aéreo.

Durante el camino no dormí y me preocupé más por la temperatura que haría en Hamburgo. En Madrid habían sido 14 agradables grados centígrados y en Berlín 10. Pero a medida que nos acercábamos, la misma pantalla en la que salía la ruta que seguíamos mostraba un número cada vez más bajo. Al llegar, la temperatura fue de 4 grados y sentí el mismo frío que me hizo doler la espalda en Varsovia. Al igual que ese día, había que darse prisa, faltaba poco para las doce y existía el riesgo de perder el último tren. Correr, al tiempo que mi cuerpo temblaba sin control, fue más difícil de lo que imaginaba.

32 horas después de lo inicialmente planeado, por fin llegué a mi hostal. El viaje había empezado con aventura. Era hora de descansar porque seguramente pasarían muchas cosas mas.

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