Caminando por la capital alemana (Berlín – Parte 2)

De viaje por el Mundo
19 Junio, 2016 / By / Etiquetas: , / Post a Comment

Si el día anterior había sido gris y frío, este parecía ser todo lo contrario. El cielo estaba despejado y el sol se asomaba sin vergüenza. La ciudad había cambiado su estado de ánimo y ahora quería mostrarme su lado mas bonito. Coqueta, me invitaba a que la recorriera de pies a cabeza. Pero antes yo tenía algo importante que hacer.

La noche anterior, mientras intentaba regresar a mi hostal desde el Checkpoint Charlie, me di cuenta que sin celular tendría serios problemas, que sería más el tiempo que pasaría perdido y preocupado, que disfrutando de la ciudad. Por eso, y con la esperanza de que mi teléfono pudiera ser resucitado, me dirigí al Mall of Berlín, con la misión de encontrar la asistencia técnica que me devolviera el aparato que me hacía sentir seguro en todas partes. Esa pequeña máquina que me hacía creer menos turista.

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Berlin

En Saturn encontré un paraíso de la tecnología. Por momentos -al ver tantos aparatos de todas las marcas, colores y tamaños – sentí la tentación de dar por muerto mi celular y comprar uno nuevo. Sin embargo, me contuve al recordar que hasta ahora era mi segundo día en Berlín y que en mi presupuesto no estaba incluido esta clase de gastos. Sólo podía rogar porque el celular tuviera arreglo, porque si no era así, tendría que viajar como la gente lo hacía hasta hace unos años: con un mapa impreso en la mano y preguntando todo a todo el mundo. Algo así como estar en la edad media.

Casi media hora después de intentar abrir el celular, el técnico me dio su diagnóstico: “Nunca en mi vida he visto un Iphone como este … le faltan muchas, muchas piezas”. Fingí sorpresa y omití decirle que en Colombia lo había llevado a reparar a un sitio no autorizado y que allá era común que las reparaciones fueran más dañinas que el daño original. “¿Y tiene arreglo” le pregunté preocupado. “Vamos a ver, probaré con una batería nueva” me respondió. Pasaron una decena de minutos y su cara se iluminó, el celular se encendió y la pantalla alumbró de nuevo. Me explicó que sólo se trataba de un cable suelto y que – por no ser nada serio – 15 euros sería la tarifa que tendría que pagar. Agradecido y feliz, salí a buscar mi siguiente albergue.

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La Torre de Televisión de Berlin (Fernsehturm ) vista desde Alexanderplatz

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La Catedral de Berlin (Berliner Dom)

Como si fuera un local que sabe de memoria la ruta para llegar a su casa, encontré sin dificultad el apartamento que mis amigos polacos habían alquilado por airbnb. Sólo tuve que seguir las indicaciones de Google, tomar el bus S25 y localizar una tienda vegetariana en la que la dueña del lugar había dejado las llaves. Luego, era cuestión de subir hasta el cuarto piso e invadir la privacidad de una desconocida que – a juzgar por las fotos pegadas a su pared – tendría mi misma edad. En la comodidad de mi cama y mientras esperaba que J y H llegaran, me comí uno de los conejitos de pascua que nuestra anfitriona nos había regalado.

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La misma catedral, de cerca.

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El Reichstag

Ya en la tarde y en compañía de los polacos, salí a recorrer Berlín. Atraídos por la enorme torre de televisión (esa que cada ciudad importante parece tener), nuestro primer destino fue Alexanderplatz. La caminamos entre una multitud de gente despreocupada que se toma todo el tiempo del mundo para atravesarla, pero no nos detuvimos a ver cada uno de los puestos de venta que se habían instalado, ni comimos las tradicionales salchichas alemanas. Continuamos nuestro recorrido con dirección a la Isla de los Museos.

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Alte Nationalgalerie

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Una bonita estatua

Desde el puente quedé sorprendido por la grandeza y belleza de la Catedral de Berlín. Las fotos que había visto en internet la hacían ver infinitamente mas pequeña de su verdadero tamaño y, sin duda, no le hacían justicia. Cada ángulo nuevo me parecía mejor que el anterior y me fue difícil tomar una fotografía que capturara la totalidad de su detalles.

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La Puerta de Branderburgo

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Una pareja de recién casados

Seguimos en dirección al norte y nos encontramos con la Alte Nationalgalerie. En las fueras, aprovechando la escenografía perfecta del lugar, una pareja de recién casados (probablemente turcos) tenía una sesión fotográfica que más de una vez se vio interrumpida por uno que otro turista despistado. Y a pocos pasos de distancia, el Museo Nuevo, lugar en el que se expone la famosa escultura de Neferiti, pero que a esa hora ya estaba cerrado. Fue una visita a la Isla de los Museos en la que no pudimos entrar a ninguno.

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En la Isla de los Museos

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Berlin al atardecer

Después de caminar durante unos cuantos minutos, llegamos a uno de los lugares más representativos de Berlín: la Puerta de Branderburgo. Con sus 26 metros de altura, 65 de anchura y 11 de longitud, es uno de esos sitos que no se pueden dejar de visitar si se está en la capital alemana. Terminada de construir en 1791, es un monumento que – de poder hablar- sería el narrador perfecto de la historia de la ciudad, además de tener unos caballos extremadamente fotogénicos.

El Reichstag era el lugar que más quería conocer en Berlín. Lo investigué, aprendí datos importantes y curiosos, y hasta llené la solicitud en línea para poder visitarlo por dentro (trámite que se debe hacer por cuestiones de seguridad). Así que al verlo por primera vez sentí que ya lo conocía, que me era familiar. La luz del atardecer le sentaban bien y el tono anaranjado de los últimos rayos de sol le daban un toque cinematográfico. Aunque ese día sólo lo vi por fuera, me bastó para seguir teniéndole cariño.

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La puntita de la Columna de la Victoria

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Atardecer en Berlin

Desde el Reichstag continuamos una larga caminata que nos llevó a atravesar el Tiergarten. Metros que parecían kilómetros en una enorme área verde que hacia olvidar que estábamos en una de las grandes capitales europeas. Llegamos a la Columna de la Victoria y dimos por terminada la expedición preliminar por Berlín. Volvimos convencidos de que la ciudad tenía muchas cosas por ofrecer.

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