Visitando el zoológico (Berlin – Parte 3)

De viaje por el Mundo
31 Julio, 2016 / By / Etiquetas: , / Post a Comment

La idea fue de J pero H y yo estuvimos de acuerdo. En un domingo soleado, con la alegría de niños que van a ver animales exóticos por primera vez, salimos del apartamento con la idea de explorar cada rincón del zoológico de Berlín, a pesar de que no se encontraba en el listado de lugares indispensables de conocer en la ciudad.

Procedente de un país que se ufana de tener uno de los mayores porcentajes de diversidad en fauna y flora del mundo, creía haber visto animales que la mayoría de los habitantes de la tierra ni siquiera sabía que existían. Sin embargo, era consciente de que la ubicación ecuatorial de Colombia también la privaba especies tan comunes en otras partes del planeta, que a las personas de esos lugares le parecería raro que nunca hubiera visto “en vivo”.

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Rinoceronte esquivo

HipopotamoBerlin

Hipopótamo perezoso

Fue sólo cuando estuve en Turquía, por ejemplo, que por primera vez miré zebras y camellos, junto a los ya conocidos y populares tigres y leones. En el zoológico de Izmir (en el que solo tuve que pagar una lira en la entrada a pesar de ser sorprendentemente gigante y variado), caminé en medio de pavos reales que no se conformaban con vivir en jaulas, y vi elefantes adultos y bebés, relativamente libres, a pocos metros de distancia. Por eso, en Berlín, esperaba algo similar.

DromedariosBerlin

Dromedarios

RinoceronteBerlin

Rinoceronte fotogénico

La fila para entrar al zoológico era mucho mas larga de lo que habíamos imaginado. A pesar de que habíamos llegado temprano, el resplandeciente sol dominical parecía haber a traído a cientos de familias berlinenses (¿y tal vez a otros cuantos turistas como nosotros?) a ver animalitos. Aunque la espera demoró poco cuando recordamos que podríamos comprar los tiquetes online (que, de hecho, también se pueden comprar en las máquinas expendedoras de pasajes de metro) y caminamos directamente a la entrada.

A los pocos minutos encontramos un rinoceronte gigante, tal vez un poco tímido con las cámaras, al que nunca le pude tomar una foto de frente. Pero su amigo (¿o hermano?) era diferente. Estaba un poco más lejos, se vía un poco mas pequeño, pero nos miraba de frente, con su enorme y torcido cuerno, como si estuviera esperando cualquier descuido para atacarnos.

Sinnombre

De estos se me olvidó el nombre

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Jirafa

Hipopótamos dormilones descansaban a la orilla de un pozo de agua, bajo una enorme estructura de vidrio que intentaba semejar su habitat natural, sin molestarse con la presencia de decenas de personas que los fotografiaban. ¿Acaso era justo que estuviera allí para nuestro entretenimiento? ¿no deberían estar en donde la naturaleza había dispuesto que vivieran? Me empecé a preguntar si en realidad debería estar feliz por ver animales atrapados.

Llamas, dromedarios y otros animales de los que fui incapaz de recordar su nombre, siguieron apareciendo a medida que bordeábamos el zoológico. Tiernos bambis descansaban en el césped y, más de una vez, altísimas gigantes se cruzaban en el camino de su compañera de especie. Si embargo, aún no encontrábamos a los animales que más me interesaban: los pingüinos y el oso polar.

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Tampoco me acuerdo del nombre de este pajarito

Pinguino

Pingüinos!

Los buscaba como loco porque sabía que en Colombia nunca los podría ver. Podría ir al polo norte y al polo sur para verlos (que no es una mala idea y que espero algún día poder volver realidad), pero por el momento no podía desaprovechar la oportunidad de conocerlos, a pocos metros de distancia entre sí, así no fuera en su helado hogar.

En un estanque de agua dos cuidadores del zoológico hacían un show con focas. Ella fingía caerse y él se reía. Las focas se acercaban y los mojaban, ellos hacían lo mismo y la batalla acuática se alargaba durante unos cuantos minutos. Y cerca de allí, mucho más pequeñitos de lo que pensaba, ¡los pingüinos!, pingüinos africanos para ser más exactos. No conté mas de cinco pero para mi fueron suficientes. Ahora podía continuar con mi safari polar.

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Osito polar de lejos

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Osito polar de cerca

A los lejos vi al oso. Estaba aislado, sobre rocas rodeadas por agua de color verdoso y no dejaba de moverse. De izquierda a derecha y derecha a izquierda, en los pocos metros que tenía disponible, parecía ansioso y desesperado. Estaba flaco y se veía triste. Me puse en su lugar ¿cómo no estar triste si se encontraba a cientos de miles de kilómetros de donde suponía debía estar? ¿cómo no estar triste si el clima no se parecía en nada al frío ártico al que estaba acostumbrado? ¿Cómo no estar triste si había perdido su libertad?

Ver al oso polar no me hizo tan feliz como creía. Por el contrario, me sentí culpable, cómplice de que él y todos los demás animales estuvieran cautivos. Visitar el zoológico de Berlín me dejó una sensación agridulce: aunque me gustó conocer animales que nunca antes había visto, odié la idea de que por visitas como la mía es que ellos están atrapados.

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